9:53 h
Como os decía antes, estuve de viaje por culpa de Nestlé y sus helados. Bueno, concretamente, por un anuncio de sus helados.
Y es que todo sucedió casi sin darme cuenta. Salí de la empresa en la que había estado metido toda la tarde. Estaba cansado y con la mente en blanco. Mi único objetivo que quedaba por cumplir en ese triste día era conducir hasta casa, hacerme la cena y meterme a la cama. Y dormir. Solo dormir.
Abrí el coche. Dejé la chaqueta. Entré. Me puse el cinturón. Arranqué y cogí la carretera rumbo a mi solitario hogar. Iba tranquilo. Sin pensar en nada. Puse la radio. Como siempre, nada bueno. Mejor será que ponga buena música. Vamos a ver... ¿qué hay por aquí?....
Silvio.... bien... perfecto.
Mierda. Caravana. Qué raro.
Tu imagen me llegó
a las seis menos diez
y no pude dormir
ni un instante después.
Te confundías con mis sábanas,
te me enredabas en la sien.
Lucías tan realque casi fui feliz.
Pero a las seis y diez
me comprendí sin ti.
Eran mis solitarias sábanas
y una habitual mañana gris.
Y tú eras mi viento, mas no a favor.
Eras mi barca en el pedregal,
eras mi puerta sin tirador,
eras mi beso buscando hogar.
Y tú eras un parto de antigüedad,
maña de un diablo despertador
Eras espuma de soledad,
carne con llagas de desamor.
Y así fuiste la otra mitad
de amanecer
que no alumbró jamás.
(Silvio Rodríguez)
Joder. Hay que ver qué bien suena esto. Menos mal que no me ve nadie. Y es que a nadie nos gusta que nos vean llorar.
A ver dónde he puesto los kleenex...
Y fué abrir la guantera, agachar la cabeza, coger el kleenex y en el momento en el que levanté la mirada, estaba ahí.
Ostias....
martes, 3 de junio de 2008
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